PRESENTACIÓN

"--¿Cuál es la función del poeta en cualquier sociedad, Rubén?
--Es un poco como… como un ropavejero desprestigiado. Qué es lo que hace el poeta: de repente en un día de mal humor, o de buen humor, se pone junto a su máquina de escribir y dice lo que le pasa. Y cuál es su esperanza: que eso mismo le pueda pasar a los demás. Entonces, lo que está haciendo es crear un conjunto de harapos para que los pobres puedan ponérselos alguna vez y sentirse un poco menos pobres. Eso podría decir".

Rubén Bonifaz Nuño.



martes, 31 de enero de 2012

HUMANIDADES Y HUMANITARISMO




Todos podemos ser tiranos: es fácil y barato en sociedades donde prevalece la impunidad. Si como dicen que el hombre manda al perro, el perro manda al gato, el gato al ratón y el ratón manda a su cola; así también la crueldad se convierte en una cadena que comienza por los fuertes hasta los más débiles y desprotegidos. Casi siempre son, en ese orden, mujeres, niños y animales, y en estos últimos se ceban hasta los débiles. La crueldad animal ha existido siempre, pero ahora se agrava debido al exhibicionismo: a la posibilidad de mostrarla al mundo por medio de las redes de comunicación y con gran impunidad.

   Hace falta o sobra humanidad. Esto depende de la concepción que de humanismo se tenga: el occidental o el de las culturas originarias. Hay una confusión entre las acepciones de humanitarismo y humanidades. Oímos decir todo el tiempo: “Es una persona muy humanista: ayuda mucho a sus semejantes”. Cuando lo que se quiere decir es que ese individuo es humanitario. Aunque son conceptos diferentes uno lleva al otro; siempre y cuando el humanismo sea constructivo.

   Los textos siguientes nos mostraran el verdadero significado de los términos antes dichos. Y así sabremos si nos sobra o hace falta humanidad o sucede lo que dijo un poeta amigo mío “Escasea casi todo: abunda la escasez”.

                                                                                                                  CAM.









El humanismo prehispánico (Fragmento)

Por Rubén Bonifaz Nuño

Al hablar, en general de humanismo, se hace referencia a nociones que encierran valores indudables: realización del ideal del hombre, ideal de la plena realización del hombre en su perfección, consideración del hombre como finalidad de lo existente. Pero estas nociones contienen en sí, asimismo, gérmenes de corrupción capaces de guiar hacia magnos desatinos, la presencia de los cuales parece situarse en el origen de calamitosas situaciones que actualmente padecemos.

   En efecto, la idea occidental de humanismo, al considerar al hombre fin de lo existente, supone que el mundo está hecho para servir al hombre; éste, con esa conciencia, al saberse finalidad última de las cosas, se atribuye la facultad de servirse de ellas, de explotar la realidad en su propio provecho.

   La viciosa comprensión y aceptación cabal de tales ideas, viciosas ellas también acaso en su misma raíz, ha conducido a la humanidad  y su ámbito a las circunstancias lastimosas en que ahora se encuentran.

   Porque el hombre, al concebirse como él único ser digno de tomarse en cuenta,  se ha convertido en el supremo destructor, en algo como una plaga, amenaza máxima de cuanto se aquieta o se mueve en torno suyo.

   Si todo se hizo para servirlo, él se realiza a sí mismo mediante el aprovechamiento desaforado de las cosas, incluyendo entre estas no sólo a las demás especies vivientes, sino en muchas ocasiones a otros hombres, con tal que le sean diferentes en color o en estatura o creencias.

   La expresión “mata y come” de la Escritura, tomada en su literalidad más grosera, se hace ahora consigna para el hombre. Como si para formar o mantener su puesto natural hubiera de dar muerte y devorar a cuanto no es él mismo.

   Y mata así y consume y corrompe cosas y criaturas, igual que si ejerciera un deber monstruoso sin más término que el total acabamiento.

   Sirviéndose de todo, se encuentra ahora próximo al límite final. Porque la muerte causada a su alrededor lo cerca ya inminente, y el matar y el comer se le convierten en actos simultáneos, y él destruye el mundo para convertirlo en alimento de su indolencia, y llega a devorarse y matarse, en su ambición desconsiderada y en su pavorosa insania.

   Ahora bien: es indudable, a lo menos en el minúsculo planeta que habitamos, la función central del hombre como naturaleza privilegiada. Pero lo que hay que definir entre nosotros, ahora con mayor urgencia que nunca, dados sus posibles efectos, son la índole y los necesarios límites que han de fijarse a tal función.

   Con ese objeto, supuesto que somos por sangre y por cultura descendientes de las creaciones de dos formas de espíritu que se enfrentaron en un momento de la historia, nos sería conveniente considerar las concepciones que de lo humano hay en tales dos formas. En honda contradicción las dos, no sé si acaso estén llamadas a conciliarse.

   Esquematizando, podría decirse que en el concepto occidental del hombre y del mundo, éste está destinado a servir a aquél; corrompiendo un principio de posible verdad, ese concepto ha llevado al mundo occidental, del cual hoy formamos parte, a los casos de injusticia y pavorosa inseguridad en que estamos. El hombre, en el centro de las cosas hechas para servirlo, se convierte, a causa de sus debilidades, en una suerte de tragadero insaciable de todo; en busca de su comodidad, satisfaciendo las solicitudes de su pereza, emplea el mundo como instrumento de ésta, aparte de toda otra preocupación. Su dominio se transforma en tiranía que termina por volverse contra sí mismo y por condenarlo al aniquilamiento. En eso se ha convertido la herencia que nos ha llegado del humanismo clásico.

   Pero nosotros, por fortuna, contamos con otra herencia: la de los antepasados indígenas que poblaron este territorio, y allí meditaron y lucharon, hicieron su trabajo, ejercieron su vida.

   Del concepto que tuvieron del hombre y de su situación y relaciones con el mundo; esto es, de lo que con legitimidad pudiera llamarse humanismo, me toca hablar ahora. Para ello, he de recurrir a alguna parte de la muchedumbre de testimonios que de sus obras permanecen. Por una parte, textos escritos, recogidos por los mismos que vinieron a destruirlos: por aquellos que los sucedieron; por los vencidos mismos y sus descendientes, por los portadores de otra lengua y otra religión. Por otra parte, abundancia de objetos plásticos salvados del aniquilamiento y que, como las hierbas que desde abajo descuajan y rompen las piedras en las calzadas y los edificios de las ciudades despobladas, pugnan por sacar ahora a la luz la fuerza de sus verdaderos sentidos, a lo largo y lo ancho de la superficie que hoy llamamos Mesoamérica.

   Y en textos y formas plásticas encontraremos una concepción única y un mensaje que se ofrece a ser descifrarlo. En todos, en unos y en otras, se revela por todas partes la presencia humana central. En aquéllos, con el señalamiento de la historia y las virtudes del hombre; en éstas, con la reproducción multiplicada de su imagen en medio de atributos que en un sentido la superan y en otro requieren de ella. Y esta necesidad que lo que está alrededor de él tiene del hombre, expresada en letras y en formas, es lo que en esencia define la índole del que puede llamarse humanismo prehispánico. Porque el hombre, al comprender la necesidad que de él tiene el mundo, sabe que él está destinado a satisfacerla. Por tanto, sabe que el mundo no está a su servicio; que no es materia explotable, sino motivo de servicio, causa de trabajos solícitos, obligación de colaborar con cuanto considera que está por abajo y por encima de él.

   De esta suerte, el hombre no es tirano, sino sujeto; no es destructor sino edificador de las cosas. No hay límite en la vida humana para los deberes que impone ese servicio. Porque el mayor de ellos consiste en la donación de la misma vida para mantener la existencia universal.

   En resolución: si en la noción occidental el universo está hecho para servir al hombre, en la noción prehispánica el hombre se hizo para servir al universo.

   Esto, aparte de la conciencia que del valor del hombre supone, supone a la vez la conciencia del deber de la mayor humildad. El hombre no puede explotar al mundo; ha de ofrecerse al mundo en cuanto él es, en una actitud solidaria y paciente…

“El humanismo prehispánico” en El humanismo en México en la vísperas del siglo XXI, actas del congreso celebrado del 22 al 25 de abril de 1986, UNAM, México, 1987, pp. 41-55



 

<> Este sujeto practica, en una localidad española, el asesinato de gatos domésticos y lo llama caza deportiva






Fragmento de la Carta del Gran Jefe Seattle  de las tribus duwamish y suquamish, a l presidente de EEUU Franklin Pierce, en 1854.
Soy un hombre salvaje y no comprendo otro modo de vida. He visto a un millar de búfalos pudriéndose en las praderas, abandonados por un hombre blanco que los abatió desde un tren en marcha. Soy un salvaje y no comprendo como una máquina humeante puede importar más que el búfalo, al que nosotros matamos sólo para sobrevivir.
¿Qué sería del hombre sin las bestias? Si todas fueran exterminadas, el espíritu del hombre también moriría de una gran soledad; porque lo que le ocurra a las bestias también le sucederá al hombre. Todo está unido.

 

                                       
                                     Gran Jefe Seattle al final de su vida

Deben enseñarles a sus hijos que el suelo que pisan son las cenizas de nuestros abuelos. Inculquen a sus hijos que la tierra está enriquecida con las vidas de nuestros semejantes a fin de que sepan respetarla. Enseñen a sus hijos lo que nosotros hemos enseñado a los nuestros: la tierra es nuestra madre. Todo lo que ocurra con la tierra también ocurrirá a los hijos de la tierra. Si los hombres escupen en el suelo, se escupen a sí mismos. Esto sabemos: la tierra no pertenece al hombre; el hombre pertenece a la tierra. Esto sabemos, todo está amarrado, como la sangre que une a una familia. Todo va enlazado. Todo lo que le ocurra a la tierra, también ocurrirá a los hijos de la tierra.

 

                                  Joven guerrero delaware
   
  
 



A mitad del frío de febrero…


A mitad del frío de febrero,
con una esperanza de viento cálido,
me alcanzó un primer anuncio, un fantasma
de la primavera concupiscente.

Ya de nuevo todas las cosas
habrán de empezar a buscarse
unas a las otras. Vendrán las noches
breves, los latidos bajo la tierra,
y los vegetales brazos, y el agua.

Y también nosotros abriremos
esta soledad, porque nos duele,
y perseguiremos nuestra ventura
a golpes de ciegos enfurecidos.

Qué triste resulta que no sepamos,
solos entre todo, la palabra
capaz de acercar lo que no tenemos.

Es cierto: sin duda se progresa:
apenas se está empezando, y se pueden
armar infiernitos que en una sola
llama precipiten al otro mundo
cuatrocientos mil infelices;
encender lucientes, perfectas máquinas,
o quitar mejor las enfermedades.

¿Pero en dónde está lo que se ha ganado
para estar tranquilos, para vernos,
para conseguir nuestra compañía?

Incompletos somos, mutilados horribles
que nos deshacemos buscando a tientas,
en otros, los miembros que hemos perdido.

En espejos rotos nos reflejamos,
en mustias imágenes fragmentadas,
y por las rendijas del reflejo
escurre, se pierde trágicamente
nuestra vida más preciosa y despierta.

Y es para sentarse a llorar de envidia
ver en torno nuestro las piedras,
la tierra, las plantas, los animales,
armoniosamente se consuman,
se juntan tranquilamente, relucen
de tan firmes, cantan de tan seguros,
mientras nos quebramos nosotros.

Rubén Bonifaz Nuño, de Los demonios y los días, 1956.


Rubén Bonifaz Nuño con guajolotes (esperamos que no haya sido en vísperas navideñas)

martes, 1 de noviembre de 2011

La letanía de la muerte

Muerte es vida, y ambos prodigios son femeninos. Los mexicanos antiguos y modernos somos propensos a lo númenes femeninos: Xochiquetzal-Guadalupe.

La energía creadora es facultad, de por sí, de la feminidad; de ahí la  concepción náhuatl de la muerte como afirmación de vida, las calaveras son símbolo de la eternidad de la vida[1] es por eso que Rubén Bonifaz Nuño (y muchos otros del pueblo: los “pelados”) han hecho de la muerte, también, una entidad creadora que prodiga fecundidad, con esa intención el poeta enumera sus atributos:





* la muy blanca,

la de rostro de azúcar que relumbra

dentro del girasol, la que dispensa

 las banderas atónitas del vino.

 * la extraña goza del carisma

 sensual de hablar como entre sueños.

* puente del día, canto, palomita

 de hielo vertebral que en su camino

yergue los pelos de mi carne,

y vuelta en bocas se aguirnalda.

* Acostada y reciente, clara

de ensangrentados muslos, se recrea

-gozo fatídico- la madre

 y esposa y viuda de los hombres

siempre recién preñada;

* parturienta joven, purísima, mi muerte.

* Aquí la joven reina encinta;

*porque reina la joven, la gozosa,

La embarazada siempre, la del ojo

Salvaje: silla de oro, cetro

de hueso incandescente, mi señora.[2]   







Estos son dos de los poemas que harían las delicias de muchos devotos:



El principio

ORDEN de luz en la casa vacía

ha puesto la extranjera, la muy blanca,

la de rostro de azúcar que relumbra

dentro del girasol, la que dispensa

las banderas atónitas del vino.



Y me es dada, por fin, entre la muerte

y la pared, de pronto, una parcela

firme en aguas oscuras; y de pronto,

ya con la muerte al cuello, me descuelgan.



Pues uno es indio al fin, y si uno sabe,

si uno escucha el dolor como se escucha,

cuando la noche se detiene,

la oscuridad lloviendo en los maizales.



Si uno construye sólo de por mientras,

si hay algo cierto, si nos encontramos, 

¿de qué te quejas, alma?



-Ebria mi casa, incuba entre los muros

el retroactivo sol de la alegría,

la flor girante que me ahoga

cuando pueblas contigo mi ventana-.

Alma, ¿de qué te quejas? Poseído

del temor de dormirme, estoy despierto,

mientras la extraña goza del carisma

sensual de hablar como entre sueños.



Indultado en la víspera, la miro

sin que me mire ahora.

                                        Apaciguado

junto al cordero pace el tigre

en el campo de leche. Ella sonríe

de sed y de saciada, y un relámpago

apaga, frío, su garganta

sobre la fuente germinal. Y suben

los clarines crismáticos del valle.









Coronación



Tramoya azul de plumas entre escamas

Y de fauces alígeras, dispone,

encumbrando los cerros, la creciente

roja del valle. Y brinca

mi corazón en giros, dando vueltas

me salta el corazón, el enjaulado.



Puente del día, canto, palomita

de hielo vertebral que en su camino

yergue los pelos de mi carne,

y vuelta en bocas se aguirnalda.



Acostada y reciente, clara

de ensangretados muslos, se recrea

-gozo fatídico- la madre

y esposa y viuda de los hombres

siempre recién preñada; parturienta

joven purísima, mi muerte.



Ya en la mañana de hoy, y ya engendrado

en la línea de fuego compartido,

pobreza enriquecida soy, humilde

cocimiento y azúcar humildísima

en jarro de alquiler acrisolada.

Y ella, que goza mi placer, me envuelve

en su almendra florida, y me asegura,

y ami placer me llevo por su gusto.



Aquí la joven reina en cinta;

su cabeza en mi brazo, y el sagrado

conocimiento de su cuerpo;

amoratadas piernas, dientes pálidos,

y el parto: la bandera y el guerrero,

con el pie vencedor, de la mañana.



Mientras un golpe de campanas

de pascua, a hendidos rumbos incorpora

su plumaje sonoro y enjoyado.



Porque reina la joven, la gozosa,

la embarazada siempre, la del ojo

salvaje: silla de oro, cetro

de hueso incandescente, mi señora.

 
 
Tito Monterroso, Andrés Henestrosa,  Henrique González Casanova y Bonifaz con una mano en la cintura: el único sobreviviente.
 
 
 
 
“Me quitó la vista, que es lo fundamental; me quitó el oído, que puede remediarse a medias; me quitó las fuerzas de las piernas. Lo que quisiera es que la muerte ya no me quitara más cosas: que me matara de repente”
 


[1] “Siendo el sacrificio la forma de divinizar al hombre, al convertirlo en preservador del dios concediéndole así la eternidad de la vida, y considerando que la calavera era una forma de representar dicha eternidad, se explica que el rostro de Itzpapálotl se represente con la mandíbula descarnada; esto es, como partícipe de la calavera humana, relacionándola así con el sacrificio”. En Rubén BONIFAZ NUÑO, Cosmogonía antigua mexicana,  p. 112
[2] Rubén BONIFAZ NUÑO, De otro modo lo mismo, p. 289

viernes, 7 de octubre de 2011

La vida tiene siempre la palabra

                                  RBN en diciembre del 1982


Es 1982, Bonifaz cuenta con 59 años y dos de sus jóvenes amigos: Carlos Montemayor de 35 años y Sandro Cohen de 29 lo escuchan, como en una sobremesa, analizar el poema de Carlos. En la tarde de ese verano la voluntad y tarea de Rubén –como sus muchachos lo llaman- se hace presente: la de educar, la habilidad de iluminar con humildad la labor de los otros y hacer que surja la fraternidad. Esa gran labor de sembrar en los jóvenes la conciencia de sus necesidades.
Aquel ciclo de conferencias se llamó Poetas críticos-Críticos poetas y participaron, en diferentes momentos, Sandro Cohen, José Ángel Fernández, Carlos Montemayor, Eduardo Pérez Correa, Tomás Segovia y Ricardo Yánez.
En esta mesa participaron los tres: Bonifaz, Cohen y Montemayor. Ya en 1969 dio al muchachito Carlos, de 22 años, sus mayores lecciones sobre poesía (http://www.jornada.unam.mx/2002/09/08/05aa1cul.php?origen=index.html), de la misma manera que a él, también a sus 22 años se las dio Gabriel Méndez Plancarte en 1945 (http://www.jornada.unam.mx/2007/09/02/sem-ruben.html). Vale la pena escuchar (o leer) como un poeta fundado en la humildad toma de la mano al más joven y le acontece como al mismo Rubén con Ovidio: “A mí, a lo menos, me ha revelado profundas verdades de la naturaleza del alma, y me enriquecido con bienes que apenas había sospechado, pero que quise esperar siempre”.


Bonifaz con Montemayor a su derecha.


Sandro Cohen a sus 29 años

MEMORIA DE LAS ESTACIONES
de Carlos Montemayor

La hiedra avanza en el corazón de cada día,
no regresa a lo que fue o pudo ser,
no corta sus hojas creyendo que ya no están
porque ayer cubrieran el muro.
La vida en la tierra es la estación que vuelve.
Es mentira que las cosas pasen, desaparezcan.
Hay estaciones en que nos toca añorar lo que no fuimos,
o estaciones en que permanecemos a solas
y buscamos a ciegas entre vestigios lo que los ciegos codician.
Somos una oscura hiedra, una invisible hiedra ascendiendo
por un muro de oro, de luz,
tras el cual la vida vive sus estaciones,
sin saber que abajo de nosotros sigue prendido a ese muro
el cuerpo que amamos, los árboles que nos cobijaron,
la tierra y las piedras y las colinas que distantes permanecieron,
como soles cayendo sobre nosotros,
ocultándose en nosotros y cada vez naciendo.
Extiendo mi brazo y toco la tierra caliente de una tarde
o abro la ventana hacia los más lejanos veranos:
ahí estoy, sucio todavía del polvo de las estaciones.
Por esa invisible hiedra asciende
la luz, la estación de la nada,
un río sin palabras que moja los sueños,
una tierra sólo pisada por árboles y viento caliente de veranos.
Una hoja seca es la tarde en que me asomé
con mi madre a una ventana;
otra, el otoño entre los nogales que se vareaban en la huerta,
con un ruido de muchas voces, de muchas ciudades,
o la primavera en que las noches caían luminosas
como si fueran días perdidos.
Todo aguarda la voz de la estación a la que pertenece.
Sólo nosotros creemos en el pasado.
Es mentira que las cosas pasen, desaparezcan.
No ha muerto mi madre, no ha muerto mi hermano:
es el canto de las estaciones, es nuestro canto.
Juntemos los días, las noches, las fogatas de la infancia y la vejez;
los cantos de juegos y los cantos tristes,
los labios y las frentes y los cuerpos,
como recuerdos que nacen entre escombros de cuerpos,
como otoños que nacen entre escombros de veranos;
juntemos el agua de las lluvias que nos han mojado,
las noches y los amores que las han iluminado
(no porque no estemos juntos, amor, no estamos juntos)
seamos el canto de las estaciones que vuelven,
de las estaciones que se abren para que todas las muertes vivan,
para que todas las vidas hablen.

                                                          Carlos Montemayor


MEMORIA DE LAS ESTACIONES: ANÁLISIS DE RUBÉN BONIFAZ  NUÑO

Para mí este es un poema de instantes, de cosas, de seres, sólo de una manera relativa. Para mí este es un poema de tiempo. Veo un tiempo cíclico propuesto como la única salvación para el hombre. Voy a tratar de explicar esto yendo con cierto cuidado. Voy a tener que leer otra vez el poema de Carlos:

Memoria de las estaciones

La hiedra avanza en el corazón de cada día,
no regresa a lo que fue o pudo ser,
no corta sus hojas creyendo que ya no están
porque ayer cubrieran el muro.

La hiedra, símbolo en su crecimiento pausado de la dimensión temporal de la vida: el corazón de cada día, así, viene a ser la médula misma del tiempo, que según la opinión común pasa sin regreso: no regresa a lo que fue o pudo ser. La hiedra: la vida, sin embargo se mantiene viva; no se da la muerte a sí misma precisamente  porque equivocadamente siente que ha muerto, que si sus hojas vivieron ayer ya no pueden existir hoy, y después de esa afirmación falsa, viene la afirmación fundamental que define el error de la primera y da el sentido general al poema. El error es pensar que no hay regreso a lo que fue o pudo ser. Ahora se dice con certeza:

La vida en la tierra es la estación que vuelve.
Es mentira que las cosas pasen, desaparezcan.

Así es que hay un retorno infinito de las cosas que vuelven como las estaciones del año. La vida añora a veces lo que no fue; solitaria busca en sus propias huellas la luz que tiene sin saberlo. Versos 10, 17, ahora dice:

Somos una oscura hiedra, una invisible hiedra ascendiendo
por un muro de oro, de luz,
tras el cual la vida vive sus estaciones, […]

Entonces el campo general planteado en los primeros versos ahora se reduce. Ya no es toda esa, digamos, hiedra-vida, en abstracto, creciendo en un ámbito temporal. Ahora somos nosotros cuantos vivimos, somos esa conciencia de participación en la vida, somos pues una “oscura hiedra”, es decir: una invisibles hiedra, y los adjetivos “oscura” e “invisible” nos llevan de la mano a lo que sigue… donde dice… esto de que buscamos a ciegas entre vestigios lo que los ciegos codician; lo que los ciegos codician, sin duda alguna es la luz y en seguida se dice lo absurdo de esa búsqueda, porque estamos buscando lo que tenemos inmediato a nosotros:

Somos una oscura hiedra, una invisible hiedra ascendiendo
por un muro de oro, de luz, […]

Es decir, vamos ascendiendo precisamente gracias a aquello que estamos buscando, encima de lo que estamos buscando. Entonces esa búsqueda absurda se dirige hacia objetos en tiempos imposibles, porque está buscando en el pasado. Está buscando en vestigios, siendo que tal objeto es inmediato y presente. La hiedra asciende en ese muro de luz, y tras esa luz -que es como una cortina de iluminaciones- se desenvuelve la vida en sus cielos perfectos. La vida sigue sus estaciones, sin embargo nosotros: esa hiedra ciega, ignoramos  que es falso que haya vestigios, que los vestigios son las cosas mismas, que el muro de la luz mantiene eternamente lo que amamos, lo que nos protegió, lo que nos rodeó, todo en perpetuo renacimiento, ocultándose en nosotros y cada vez naciendo.
   Creo que voy en lo que dices, ¿verdad?

Versos 18, 20:

Extiendo mi brazo y toco la tierra caliente de una tarde
o abro la ventana hacia los más lejanos veranos:
ahí estoy, sucio todavía del polvo de las estaciones.

Ahora empezamos el poema con una afirmación general. Después la concretamos en un nosotros y ahora se concreta más todavía, porque ya no es la afirmación general de la afirmación general de la existencia de la hiedra-vida, tampoco el nosotros que somos esa hiedra: ahora es el hombre individual con su carga de experiencias cotidianas, con su infancia y su adolescencia y su juventud a cuestas, como un traje empolvado durante un largo recorrido. Es el propio poeta que se recuerda y se mira y esa mirada y esa memoria lo llevan a instantes en que la proximidad y la lejanía se muestran como realidades evidentes que en él coexisten. Así, con sólo extender el brazo puede tocar la tierra cercana o puede abrir la ventana hacia horizontes vastísimos de tiempo y en el mismo se incorpora así a ese ciclo de estaciones que gira sobre sí mismo.

Versos 21, 23:

Por esa invisible hiedra asciende
la luz, la estación de la nada,
un río sin palabras que moja los sueños,
una tierra sólo pisada por árboles y viento caliente de veranos.

Vuelve a abrirse la visión y vamos al principio general: la hiedra que avanza, la hiedra que somos, el muro luminoso que nos sustenta, paralelamente el río mudo de los sueños, la tierra: sus árboles, sus veranos y la visión de de los árboles terrestres lleva a las de sus hojas; porque dice el poema:

Una hoja seca es la tarde en que me asomé
con mi madre a una ventana;
otra, el otoño entre los nogales que se vareaban en la huerta,
con un ruido de muchas voces, de muchas ciudades,
o la primavera en que las noches caían luminosas
como si fueran días perdidos.

Entonces vemos las hojas. Así como los veranos conducen a un otoño individual y los instantes del poeta se identifican con esas hojas que se secan y caen: una hoja es el instante en que el poeta y su madre se asomaron a una ventana, otra, la visión concretísima de hacer caer las nueces del nogal golpeando sus ramas con una vara, y otra más: la visión ampliada de voces y de ciudades y de nuevas primaveras que retornan como días que se creyeron pasados para siempre. Y luego viene otra recordación de lo que al principio se dijo, y ahora se aclara en definitiva que eso estaba equivocado, que no es verdad que no se regrese a lo que fue; porque dice el poema que “Todo aguarda la voz de la estación a la que pertenece”, que sólo nosotros creemos que las cosas pasan.

Después de hablar del tiempo de nosotros y de afirmar que es mentira que las cosas desaparezcan, vuelve a hablar el hombre individual, el poeta, y aplica a su propia experiencia los conocimientos generales: si las cosas no pasan ni desaparecen, nada de lo suyo ha muerto: todo está esperando el retorno de su estación para renacer. Ni la madre ni el hermano están muertos; están allí: vivos como una nota en el canto de las estaciones que es el nuestro, y ya con ese conocimiento el poeta hace una exhortación a que todos lo compartamos: todo existe en vida; días y noches no son más que pasos que retornan; la infancia y la vejez, como fogatas isleñas, se anuncian una a la otra en retornos interminables, y así también la alegría y la tristeza, los cuerpos gozados que se renuevan, los otoños que surgen de veranos pasados, cuyo regreso anuncian con su misma presencia, y la lluvia y el amor y la ausencia que sólo es el anuncio de un encuentro nuevo, y la exhortación concluye gozosa: seamos el canto de la estaciones en ese cielo eterno en que la muerte no existe; en que la vida tiene siempre la palabra.

Ahora, alguna cosa técnica. Esa concepción del tiempo como un retorno cíclico tiene que expresarse de alguna manera. Tiene que dar la sensación de un retorno ineludible de cosas; aparte de la exposición circular que he tratado de exponer con lo que he dicho hasta ahora, hay una serie de recursos de estilo destinados a hacerla evidente. Ahora sólo menciono uno que es el más fácilmente advertible: la repetición de expresiones o palabras que van reiterándose en cadena cerrada para sugerir ese movimiento eterno. La principal de esas palabras es “estaciones”. Aparece por primera vez en el verso cinco, y luego en el siete, el trece, el veinte, el treinta y uno, el treinta y cinco, el cuarenta y cuatro, el cuarenta y cinco, en todos ellos señalando con su significado los regresos universales, y reforzando e individualizando ese significado con sensaciones y asociaciones concretas: los veranos, los otoños, la primavera y sus efectos evidentes, las lluvias, las noches claras. Y con las estaciones vienen los días y las noches, la vejez, la infancia, el amor, los escombros y los renacimientos. Y la esperanza de la vida trae la certeza de la vida compartible y eterna.

Eso es lo que vería yo en el poema de Montemayor.

Rubén Bonifaz Nuño
Martes 7 de septiembre de 1982.



                                                       Bonifaz a sus 22 años