PRESENTACIÓN

"--¿Cuál es la función del poeta en cualquier sociedad, Rubén?
--Es un poco como… como un ropavejero desprestigiado. Qué es lo que hace el poeta: de repente en un día de mal humor, o de buen humor, se pone junto a su máquina de escribir y dice lo que le pasa. Y cuál es su esperanza: que eso mismo le pueda pasar a los demás. Entonces, lo que está haciendo es crear un conjunto de harapos para que los pobres puedan ponérselos alguna vez y sentirse un poco menos pobres. Eso podría decir".

Rubén Bonifaz Nuño.



viernes, 21 de diciembre de 2012

A C T E A L: SIGLOS LLORANDO ASÍ

 
 
La forma de lamentarse de los pueblos indígenas es muy parecida en todo el continente americano. Es un decir llorando. No llorar por llorar sino verter en los lamentos el trastornamiento del porvenir: es nombrar todo lo que se muere y se va pudriendo más rápido que el cadáver. En ocasiones parecen reproches al muerto. Es necesario decirle todo lo que con su muerte se aniquila.
     En diciembre de 1997, cuando se realizó la matanza de Acteal y escuché el lloro de los deudos de los masacrados, vino de inmediato a mi mente la novela de Jorge Icaza: Huasipungo. Me sorprendió la viveza literaria con que Icaza recreó el llanto de los indios quechuas:
“Desde que llegaron el tambor y el pingullo se llenó la vivienda mal alumbrada y hedionda con los golpes monótonos y desesperantes de los sanjuanitos. Andrés, miembro más íntimo de Cunshi, miembro más íntimo para exaltar el duelo y llorar la pena, se colocó maquinalmente a los pies del cadáver envuelto en una sucia bayeta negra, y acurrucándose bajo el poncho soltó, al compás de la música, toda la asfixiante amargura que llenaba su pecho. Entre fluir de mocos y de lágrimas cayeron las palabras:
-Ay Cunshi, sha.
-Ay bonitica, sha.
-¿Quién ha de cuidar, pes, puerquitus?
-Pur qué te vais sin shevar cuicitu.
-Ay Cunshi, sha.
-Ay bonitica, sha.
-Soliticu dejándome, nu.
-¿Quién ha de sembrar, pes, en huasipungo?
-¿Quién ha de cuidar, pes, al guagua?
-Guagua soliticu. Ayayay... Ayayay...
-Vamus cuger hierbita para cuy.
-Vamus cuger leñita en munte.
-Vamus cainar en río para lavar patas.
-Ay Cunshi, sha.
-Ay bonitica. sha.
-¿Quién ha de ver, pes, si gashinita está con güeybo?
-¿Quién ha de calentar, pes, mazamurra?
-¿Quién ha de prender, pes, fogún, en noche fría?
-Ay Cunshi, sha.
-Ay bonitica, sha.
-Pur qué dejándome soliticu.
-Guagua tan shorandu está.
-Ashcu tan shorandu está.
-Huaira tan shorandu está.
-Sembradu de maicitu tan quejandu está.
-Monte tan oscuro, oscuro está.
-Río tanshoravdu está.
-Ay Cunshi, sha.
-Ay bonitica, sha.
-Ya no teniendu taiticu Andrés, ni maicitu, ni mishoquitu, ni zambitu.
-Nada, pes, porque ya nu has de sembrar vus.
-Porque ya nu has de cuidar vus.
-Porque ya nu has de calentar vus.
-Ay Cunshi, sha.
-Ay bonitica, sha.
-Cuando hambre tan cun quien para shorar.
-Cuando dolur tan cun quien para quejar.
-Cuando trabajo tan cun quien para sudar.
-Ay Cunshi, sha.
-Ay bonitica, sha.
-Donde quiera conseguir para darte postura nueva.
-Anuca de bayeta.
-Rebozu coloradu.
-Tapushina blanca.
-¿Pur qué te vais sin despedir? Comu ashcu sin dueño.
-Otrus añus que vengan tan, guañucta hemus de cumer.
-Este año ca, Taita Diositu castigandu.
-Muriendu de hambre estabas, pes. Peru cashadu, cashadu.
-Ay Cunshi sha.
-Ay bonitica, sha.
 
Secos los labios, ardientes los ojos, anudada la garganta, rota el alma, el indio siguió gritando al ritmo de la música las excelencias de su mujer, los pequeños deseos siempre truncos, sus virtudes silenciosas. Ante sus gentes podía decir todo…”.
 
 
 
Llanto ancestral de los pueblos originarios que durante milenios se ha escuchado en este continente y su suelo sigue absorbiendo. Escuchémoslo. Es formidable. En su reconocimiento vive la urgencia de no olvidar el despojo, la esclavitud, el genocidio, la violación y el oprobio que sigue oprimiendo a los indígenas. Conciencia del ser originario y de saber que en esa herencia radica nuestra fuerza e impulso de descolonización.

lunes, 13 de agosto de 2012

Tigre la sed de Temilotzin



Quaxólotl, "Corona de perro", atavío de un Tlacaltécatl.


Uno de los personajes que acompañó a Cuauhtémoc en la defensa de Tenochtitlan y presenció su ejecución en un árbol de pochote en el actual Campeche, fue Temilotzin. Tacaltécatl Temilotzin: su rango militar era el de “Comandante de hombres (Tlacaltécatl)” y su nombre, Temilotl, quiere decir “columna o puntal”. Y lo fue en carácter y apoyo a sus amigos. Hasta el final resistió sobre sus hombros la carga de la ambición y la traición. Antes que traicionar su nombre y permitir que sus hombros se humillaran bajo el yugo de la servidumbre, se decidió por el suicidio.

     Mucho antes de estos tristes acontecimientos forjó cantos y el único que llegó hasta nosotros es un poema sobre la fraternidad, traducido por Miguel León Portilla y Rubén Bonifaz Nuño. Bonifaz conocía el poema desde años antes de la aparición de Trece poetas del mundo azteca, y escribió un poema que se apoya en el de Temilotzin. El poema Tigre la sed, en llamas, me despierta…  se despoja de la contaminación frailesca (de censores y frailes) y nos muestra el verdadero sentido de la fraternidad: “… la poesía como la condición que permite realizar la comunidad entre los seres humanos; esto es, la concurrencia que se extiende hacia la única salvación alcansadiza […] Es como si [el poeta] dijera: si es verdad que la vida es breve y triste e insegura, también lo es que los cantos encierran la virtud de establecer la reunión fraternal”.[1]

     RBN ha sido el único que ha expresado abiertamente su desconfianza hacia la “poesía náhuatl”. Esto le ha traído una velada repulsa y enemistades, pero quién cómo él para decirlo con conocimiento de causa. Dice RBN:

<<En el calmécatl se enseñaban las hazañas de los grandes señores, y en la poesía náhuatl --la que se llama poesía náhuatl-- no hay nada que recuerde siquiera a los grandes señores. Todo se reduce a decir que el  mundo es triste, que el mundo es un valle de lágrimas y que aquí tenemos que salvarnos por la belleza, por la “flor y el canto”. Imagínate si una filosofía esteticista hubiera podido crear un pueblo conquistador. Imposible. Por eso he llegado a pensar que no hay tal poesía náhuatl. Que es poesía colonial escrita principalmente por los frailes>>.

  

TEMILOTZIN ICUIC


Ye ni hualla, antocnihuan in:

noconcozcazoya,

nictzinitzcamana,

nictlauhquecholihuimolohua,

nicteocuitla icuiya,

niquetzalhuixtoilpiz  

in icniuhyotli.

Nic cuicalacatzoa cohuayotli.

In tecpan niquixtiz,

an ya tonmochin,

quin icuac tonmochin in otiyaque ye Mictlan.

In yuh ca zan tictlanehuico.



Ye on ya nihualla,

ye on ninoquetza,

cuica nonpictihuiz,

cuica nonquixtihuiz,

antocnihuan.

Nech hualihua teotl,

Nehua ni xochihuatzin.

Nehua ni Temilotzin,

nehua ye nonteicniuhtiaco nican.


(Miguel León Portilla, Trece poetas del mundo azteca).




POEMA DE TEMILOTZIN (Traducción)



 He venido, oh amigos nuestros:

con collares ciño,

con plumajes de tzinitzcan doy cimiento,

con plumas de guacamaya rodeo,

pinto con los colores del oro,

con trepidantes plumas de quetzal enlazo

al conjunto de los amigos.

Con cantos circundo a la comunidad.

La haré entrar al palacio,

allí todos nosotros estaremos,

hasta que nos hayamos ido a la región de los muertos.

Así nos habremos dado en préstamo los unos a los otros.



Ya he venido,

me pongo de pie,

forjaré cantos,

haré que los cantos broten,

para vosotros, amigos nuestros.

Soy enviado de Dios,

soy poseedor de las flores,

yo soy Temilotzin,

he venido a hacer amigos aquí.




Tlcaltécatl Temilotzin




TIGRE LA SED, EN LLAMAS, ME DESPIERTA…


Tigre la sed, en llamas, me despierta;
hambre mi corazón. Y el rostro
de las cosas me observa; el medio rostro
de lo que va naciendo: mi morada.
El naciente en la noche,
el rostro para el día de mi rostro.


Rojo contra mis huesos, con el número
de pasos ya contado.
Privado ya de tiempo desde ahora.


Se dice aquí, se afirma, aquí se habla,
aquí se duerme en compañía;
ni un paso más allá me pertenece.


Y desato mi lengua, y mis orejas
abro, y aclaro el quicial de mis ojos,
y el nombre que ensayaron mis abuelos
recuerdo, y recompongo
mi linaje de voces más lejano.


Nube de humo en mi cabeza,
ánimas torturadas, divisoria
culebra, hielo de la espada;
lazo de mis palabras por la calle.


Aquí te nombro hermano, como esposa
te adorno aquí, como a mi madre
y mi padre te llamo, te preservo
como ciudad rendida en la abundancia.


Sólo mientras vivimos merecemos,

sólo mientras estamos, mientras somos,
al menos, alguien que ha nacido.

Y logramos, mirándonos,
el portal de entrar juntos, y la puerta
de la casa que hacemos perdurable.
Y la llave.


No hablaba todavía, y lo que pido
estaba ya en tu mano.


Toda mi gloria en esta llave tuya
que lleva a tu presencia; todo
mi deleite, ceñirte en lo que nombro;
a tu fe convertido, y conciliado
en lo que acaso es verdadero.


Aquí tan solamente, y un instante.
Ya sin poder cambiarse, ya tendida
quedó mi raya, desde el alba
en que vengo a ser hombre.


Un instante no más para encontrarte.



(Rubén Bonifaz Nuño, Fuego de pobres).




Nobles y guerreros de alto rango transportan el bulto funerario de un Tlatoani


[1] Rubén Bonifaz Nuño, El destino del canto. Discurso. Agustín Yánez “Contestación”, UNAM, México, 1963, pp.27, 30-31.

miércoles, 1 de agosto de 2012

CUADERNO DE AGOSTO


RBN en 1954, a sus 31 años

En 1954, Rubén Bonifaz Nuño escribió una serie de ocho poemas que tituló Cuaderno de agosto. Y agosto es el octavo mes de un recorrido de lucha oprobiosa por vivir la propia vida. Estamos aquí y parece que todos nuestros actos suceden en estados alterados de conciencia. En el insomnio que prolonga las incertidumbres. En el sueño donde nos vemos hacer cosas que no queremos. En la ebriedad que nos convierte en lo que odiamos. En el dolor que nos hace insoportable el cuerpo.  En el deseo que nos hace repugnar la belleza. Pese a todo estamos como está el mar inmenso e ignorante de la vida que bulle en su interior.



Cuaderno de agosto

I

Imagino cómo será tu mano

cerca de una espina, en el contorno

de un tallo, debajo de un nudo abierto

de pétalos mansos. Lenta y morena,

suave de torpeza tímida.



                        Un ángel

aterrado sientes a tus espaldas:

toda la locura, todo el insomnio,

la gozada angustia de andar dormida.



Tú y la rosa; el alba que cortaste

con el miedo oscuro de no estar sola.



2



Esto es lo que puedes hacer: dejarte

conducir, cerrar los ojos.



                     Callando,

inmóvil, acaso puedas decirte,

en voz muy baja,

que eres; que tienes hombros

para soportar lo intolerable.



Algo nos mantiene atados, nos lleva;

nos enseña todo lo que somos:

habla en nuestra boca, con nuestros pasos

nos traslada, besa con nuestra boca.

y detrás estamos nosotros mismos

llenos de un terror que no entendemos.



Así por las noches he sentido

llegar los fantasmas, en un soplo

que come los ojos tristes del sueño.

He sido la copa del miedo. A oscuras

me probaron siempre lo inútil

de las oraciones y las sábanas.



Y he gritado ciegamente, he gritado

para despertar estando despierto.



3



Se exprimen, se pisan las uvas, dejan

escurrir un río trémulo y claro.



Y un demonio verde se instala

detrás de la piel; algo que nace

habla, se retuerce, canta, golpea

y acaba llorando a gritos.

Mi cuerpo no es más que una casa inútil

llena con un huésped que no deseo.



La espuma fermenta y hierve, se aclara,

y un vaho punzante de azúcar vieja

trastorna los ojos, la voz, el vientre.



y no hay más remedio que dormirse

absolutamente borracho,

con un gozo análogo al que anuncia

las enfermedades y los otoños

y el amor amargo que nos invade.



4



La llaga. La llaga. La llaga.

Piel, sudor y pelo pegados.

Y todo se queda trunco: el camino,

la carrera, el viento. De pronto llega

un instante mudo.

                  El viento.

Y un olor de sal mojada y caliente

se aprieta con furia en las narices.







Y la perseguida bestia se encoge

y mira temblando un cerco de dientes

y manos y perros sangrientos

y la inconmovible forma densa

de un círculo de hombres a caballo.



Abriéndose, vuela un grito afilado

de mujer. Los árboles son trompos.

Todo en lumbre, ardiendo.

                           Un cuchillo

como una paloma clara en el aire.





5



Como si tuviera la boca llena

de cobre, y los ojos ensangrentados;

cubierto de pájaros rojos,

de plumas ardientes, de irremediables

alas que no vuelan y que duelen.

En la sangre impura, la fiebre

con santo misterio se construye:

como en un panal absurdo, habitado

de abejas y moscas al mismo tiempo.



Camino por bosques blandos, confusos

como las plegarias de un loco; he visto

cuellos estirados, ojos dulces

debajo de enormes párpados, huellas

encima de cálidas semillas.



Pensaba en los patios abiertos,

y en agua de fuentes y en granadas.



6



Hacer un poema de amor: hablarte

como si estrechara tu cuerpo

con un cinturón de llamas quietas.



(Es posible, acaso, que se logre

una relación segura y tranquila

como el solo gesto de un saludo.



Algo más que tú y que yo; o simplemente

nosotros —los mismos— con otros ojos

nuevos, con distintos brazos,

seremos capaces de admitirlo.)



Las palabras saben hacer extraños

juegos. Ellas solas dicen. Nosotros

somos la guitarra que alguien toca.



Cuando yo te digo: “te amo”, es cierto

que te amo.

Pero no es verdad que yo te lo digo.



7



Siento que es injusto; que por nada

merecemos esto que nos sucede.



Si tan sólo un cambio en el año, sólo

unos cuantos grados de fiebre, un paso

del amor, un trago solo de vino,

una pesadilla, nos acosan,

nos conducen. Sordos estamos, ciegos.



Así nos sabemos: manejados

quién sabe por quién y desde dónde.



Si hasta en lo más simple, en el instante

de asir una rosa y cortarla, hay algo

que interviene, hay algo que ocupa

nuestro sitio, y hace lo que nosotros

jamás nos hubiéramos propuesto.



Díme, si lo sabes: ¿era tuyo

el dolor que usaba tu cara triste

en aquel retrato? Diez y siete

años me dijiste que tenías.



8



Que llegue la vida. Que consigamos

ver. Que la mirada inerme se tienda

sobre algún lugar a solas

poblado de imágenes familiares.

y algo nos devuelva impensadamente

todas nuestras cosas perdidas.

Como en un ropero viejo, o en una

roca sobre el mar, o en un aroma,

encontrar un rostro olvidado

y reconocerlo. Y es el nuestro.



Dentro de la palma de una mano

acontecen muchas cosas sombrías.

Todos hemos visto una tarde,

por ejemplo; oímos que se deshace

una rosa; estamos atentos.

Pero todo un mundo de experiencias

transcurre pausadamente en nosotros:

respiramos, vemos,

comemos, sufrimos a veces,

y nada nos queda, y hemos pasado.

No es bueno saber que morimos.



Sin embargo el mar existe, los muertos,

las despedazadas olas roncas.

Tal vez se levante en alguna parte

el mar que veremos algún día.



RBN, 1954.

lunes, 18 de junio de 2012

CHICO BUARQUE: 68 AÑOS




Chico Buarque cumple hoy 68 años. Es uno de los artistas latinoamericanos más polifacético: es músico, poeta, narrador, dramaturgo  y cineasta. En toda su obra  hay una eficacia en el manejo de la imagen. Como buen sudamericano, inmerso en paisajes totales de selva, sabana, desierto o andes,  maneja el colorido de manera sucesiva. Es decir que cada objeto o sentimiento se mueve impulsado por su necesidad de iluminar o contrastar. Así sucede en esta formidable (en su justa acepción de la palabra) canción: Futuros Amantes.


Algo así dice:
Estaba con la guitarra y esa musiquita primero me trajo esta idea de la ciudad sumergida. Parecía que la melodía decía eso. Después apareció la idea de los escafandristas. Y después el amor, ese amor que queda suspendido, para siempre. Ese amor que quizá pueda ser aprovechado más tarde, que no se desperdicie. Que pase el tiempo: pasen así milenios  y de ese amor va a quedar algo y va a poder ser usado por otros, por otras personas. Un amor que no fue utilizado porque no fue correspondido. Y entonces queda en el aire, esperando que alguien lo tome y complete su función... de amor.
FUTUROS AMANTES
Năo se afobe, năo,
Que nada é pra já.
O amor năo tem pressa,
Ele pode esperar em silęncio
Num fundo de armario,
Na posta-restante,
Milęnios, milęnios
No ar.
E quem sabe, entăo
O Rio será
Alguma cidade submersa.
Os escafandristas virăo
Explorar sua casa,
Seu quarto, suas coisas
Sua alma, desvăos.
Sábios em văo
Tentarăo decifrar
O eco de antigas palabras,
Fragmentos de cartas, poemas
Mentiras, retratos,
Vestígios de estranha civilizaçăo.
Năo se afobe, năo,
Que nada é pra já.
Amores serăo sempre amáveis.
Futuros amantes, quiçá
Se amarăo sem saber
Com o amor que eu um dia
Deixei pra vocę.
FUTUROS AMANTES (en mi humilde traspaso)
No se apresure, no,
Que nada es para ya.

El amor no tiene prisa.
Él puede esperar en silencio
En el fondo de un armario,
En un apartado de correos,
Milenios, milenios
En el aire.

Y quién sabe. Entonces Rio será
Alguna ciudad sumergida.
Los escafandristas vendrán
a explorar su casa,
Su cuarto, sus cosas,
Su alma, el desván.

Sabios, en vano,
Intentarán descifrar
El eco de antiguas palabras,
Fragmentos de cartas, poemas,
Mentiras, retratos,
Vestigios de extrañas civilizaciones.

No se apresure, no
Que nada es para ya.
Amores serán siempre amables.
Futuros amantes quizás se amarán sin saber
del amor que yo un día  
dejé para ti.




domingo, 29 de abril de 2012

UN AÑO SIN ERNESTO SABATO



Hoy se cumple el primer año de la muerte de Ernesto Sabato. Murió en la madrugada del sábado 30 de abril de 2011, a los 99 años. Fue velado en un modesto salón de actos del Club Atlético Defensores de Santos Lugares y sepultado en el cementerio Jardín de Paz de Pilar.  Él lo pidió así: una modesta ceremonia privada en el Club donde acudía a jugar dominó con sus vecinos. Al final de la vida (y unas horas después de su muerte) de una de las conciencias latinoamericanas que más ahondó en el alma humana y sus contradicciones, su mejor homenaje no fueron las opiniones o cumplidos de instituciones culturales o gubernamentales. No, el mejor tributo de humildad y paz fue ser recordado como un buen vecino.

Aquí, el último capítulo de Abadón el Exterminador. El mismo predijo la paz que envolvería su último día en la pampa.  






VIAJE A CAPITÁN OLMOS, QUIZÁ EL ÚLTIMO  (fragmento)
Comenzó a marchar hacia la salida, viendo o entreviendo otros nombres de su infancia: Audiffred, Despuys, Murphy, Martelli. Hasta que de pronto vio con asombro una lápida que decía:


Ernesto Sabato

Quiso ser enterrado en esta tierra

con una sola palabra en su tumba

PAZ


Se apoyó en una pequeña verja y cerró sus ojos. Después, cuando volvió a abrirlos, con todo, salió del cementerio con un sentimiento que nada tenía de trágico: los fúnebres cipreses, el silencio de la noche que se avecinaba, el aire con tenues olores de pampa, esos sutiles y apagados ademanes de la infancia (como los de un viajero que se va para siempre y que desde la ventanilla del tren hace púdicas señales de despedida) le producían más bien esa sensación de melancólico reposo que se siente de niño cuando se pone la cabeza en el regazo de la madre, cerrando todavía los ojos llenos de lágrimas, después de haber sufrido una pesadilla. "Paz". Sí, seguramente era eso y quizá sólo eso lo que aquel hombre necesitaba, meditó. Pero por qué lo había visto enterrado en Capitán Olmos, en lugar de Rojas, su pueblo verdadero? Y qué significaba esa visión? Un deseo, una premonición, un amistoso recuerdo hacia su amigo? Pero cómo podía considerarse como amistoso imaginarlo muerto y enterrado? En cualquier caso, fuera como fuera, era paz lo que seguramente ansiaba y necesitaba, lo que necesita todo creador, alguien que ha nacido con la maldición de no resignarse a esta realidad que le ha tocado vivir; alguien para quien el universo es horrible, o trágicamente transitorio e imperfecto. Porque no hay una felicidad absoluta, pensaba. Apenas se nos da en fugaces y frágiles momentos, y el arte es una manera de eternizar (de querer eternizar) esos instantes de amor o de éxtasis; y porque todas nuestras esperanzas se convierten tarde o temprano en torpes realidades; porque todos somos frustrados de alguna manera, y si triunfamos en algo fracasamos en otra cosa, por ser la frustración el inevitable destino de todo ser que ha nacido para morir; y porque todos estamos solos o terminamos solos algún día: los amantes sin el amado, el padre sin sus hijos o los hijos sin sus padres, y el revolucionario puro ante la triste materialización de aquellos ideales que años atrás defendió con su sufrimiento en medio de atroces torturas; y porque toda la vida es un perpetuo desencuentro, y alguien que encontramos en nuestro camino no lo queremos cuando él nos quiere, o lo queremos cuando ya él no nos quiere, o después de muerto, cuando nuestro amor es ya inútil; y porque nada de lo que fue vuelve a ser, y las cosas y los hombres y los niños no son lo que fueron un día, y nuestra casa de infancia ya no es más la que escondió nuestros tesoros y secretos, y el padre se muere sin habernos comunicado palabras tal vez fundamentales, y cuando lo entendemos ya no está más entre nosotros y no podemos curar sus antiguas tristezas y los viejos desencuentros; y porque el pueblo se ha transformado, y la escuela donde aprendimos a leer ya no tiene aquellas láminas que nos hacían soñar, y los circos han sido desplazados por la televisión, y no hay organitos, y la plaza de infancia es ridículamente pequeña cuando la volvemos a encontrar. Oh, hermano mío, pensó con palabras altisonantes, para púdicamente ironizar ante sí mismo su tristeza, que al menos intentaste lo que yo nunca tuve fuerzas para hacer, lo que en mí jamás pasó de abúlico proyecto, que trataste de lograr lo que aquel sufriente negro con su blues, en el sórdido cuartucho de una ciudad sucia y apocalíptica; cuánto te comprendo para querer verte enterrado, descansando en esta pampa que tanto añoraste, y para soñarte sobre tu lápida una pequeña palabra que al fin te preservase de tanto dolor y soledad! Sus pasos lo llevaron calladamente en la noche hacia su casa de la niñez, ahora de otros. Había luces, dentro. Quiénes eran aquellas gentes?


Es el alma un extraño en la tierra?

Adónde dirige sus pasos?

Es la voz lunar de la hermana a través de la noche sagrada

la que oye el peregrino

el sombrío

en su barca nocturna

en los estanques lunares

entre podridos ramajes, entre muros leprosos.

El delirante está muerto

se entierra al extraño.

Hermana de tempestuosa tristeza

mira!

Una barca angustiada naufraga

bajo las estrellas

el  rostro callado de la noche.


Porque no hay poesía festiva, alguien había dicho, pues quizá sólo del tiempo y delo irreparable puede hablar. Y también alguna vez se dijo (pero quién, cuándo?) que todo un día será pasado y olvidado y borrado: hasta los formidables muros y el gran foso que rodeaba a la inexpugnable fortaleza.

                                                                                               Ernesto Sabato






Amargo es perder un amigo,

o desde una esquina en la noche

mirar alejarse a la mujer que nos deja.

Pero se tolera bien, se soporta. 



Es horrible, es ávido sin remedio

el terror que asalta de repente

los huesos, congela nuestras entrañas,

cuando nos ocupa el pensamiento

de que han de morir, antes que nosotros,

aquellos que más hemos querido. 



Sus gestos, sus dulces ademanes,

la ternura suya, se van guardando

en alguna parte en que no hay olvido;

una vez saldrán, fatalmente,

vueltos ya gemidos mansos, heridas,

angustioso nudo que se desata

y que al desatarse nos anuda:

nos despierta inválidos para siempre

llenos del amor que no dimos. 



Cuidadosamente, sin darnos cuenta,

preparamos lágrimas a diario;

las acumulamos, las escondemos

en algún aljibe secretísimo,

para cuando llegue la hora del lloro

y el crujir de dientes, ante una sorda

presencia, en los bordes de un agujero. 



Cómo nos invade la sangre el ansia,

el anticipado remordimiento,

la estéril dureza de no haber dado

lo que era preciso que diéramos,

y que era tan poco: acaso

un silencio tímido que comprende,

un trozo de pan compartido. 



Algo lo bastante grande

para edificar una dicha,

y a la vez tan mínimo, tan desnudo,

que nada permita esperar en cambio.

              Rubén Bonifaz Nuño, en Los demonios y los días, 1956.